El Contemporáneo
Periodismo, política y literatura
La primavera, la estación que los antiguos consagraban a las Musas y a las Gracias, se ha incomodado con nosotros sin duda porque no está conforme con estos tiempos de prosa y materialismo.
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Revista de Modas
Hoy que, con esmero y elegancia se sabe vestir el cuerpo, las toilettes del alma están algo descuidadas, cuando, bien mirado, debía ser lo contrario. Quien lleva bien vestida el alma, aunque su cuerpo no luzca costosos trajes, puede presentarse tranquilo en la alta sociedad.
Dos sentimientos grandes, eternos, nobles residen en el alma: la alegría y la tristeza, fuentes inagotables de todo lo bello, de toda virtud, sentimientos inseparables y sin los cuales no habría luz, ni sombra, ni gozos, ni penas, ni recuerdos, ni esperanzas; en una palabra, no habría sensibilidad, no habría vida, no habría nada. Vuestras almas, no lo dudéis, son la fuente donde nacen los sentimientos puros y nobles, son la urna misteriosa en que se encierra la sencillez y la ingenuidad, que produce lo sublime.
Es preciso que de ambos sentimientos saquéis todo el partido posible. Es preciso que de vez en cuando penséis en vestir el alma con los dos sentimientos que son árbitros de la verdadera moda.
La alegría os dirá que las telas más a propósito para cubrir el alma son las gasas transparentes, esto es, sinceras, y de color de cielo, es decir, modestas, a través de las cuales puedan verse la caridad, la pureza y la compasión.
La tristeza os dirá que los adornos de mejor gusto, las piedras más finas que debe ostentar el alma son las esmeraldas, esperanzas de algo mejor; las perlas, melancólicos recuerdos; y los rubíes, amor en toda la extensión de la palabra.
Vestid de esta manera vuestras almas, en la seguridad de que difícilmente podrán las francesas aventajaros en elegancia. Esta moda es seguramente española. ¡Ya que Francia nos viste el cuerpo, tratemos nosotros de adornar el alma!
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Nueva música
España es el país de la música, y este sublime arte ha tomado tal desarrollo que difícilmente se hallará más adelantado en ninguna otra nación.
Aquí, la mayoría nace cantando o tocando, vive tocando o cantando y muere haciendo ambas cosas.
Aquí, entre músicos y danzantes anda el negocio, y, como la mayoría va al negocio, todos son músicos.
La política es meramente una música, más o menos ruidosa, más o menos agradable, más o menos afinada. La nación más política del Universo es España, porque aquí todos son políticos (esto es, músicos); todos se ocupan de política, los pobres y los ricos, los necios y los discretos, los altos y los bajos y hasta los pequeños; los flacos y los gordos: en fin, todos, lo que se dice todos.
Por consiguiente, este es el país de la gran música. Con tanta música tiene la pobre España la cabeza como un bombo, y, aunque parezca contradicción, el excesivo amor a ese arte tiene la culpa de que nada se haga aquí con concierto. Porque acaso los directores de la gran orquesta y las primeras partes tienen el oído demasiado fino y siempre quieren tocar en mi mayor, de modo que nada queda para los demás.
No vaya a creerse por eso que carecemos de músicos inspirados, muy al contrario, yo creo que ahí está el mal, en la mucha abundancia.
Tenemos "Progresistas" que tocan el tambor y la corneta a las mil maravillas; "Moderados" que manejan el bombo como ninguno; "Neocatólicos" que tienen una embocadura para ciertos instrumentos que ni pintada; "Carlistas" que soplan a dos carrillos en el fagot a pedir de boca; "Demócratas" que tocan el clarinete y otros instrumentos suave y admirablemente. Pero el mal está en el conjunto.
Todas las sonatas tienen su parte de ambición, y se ejecutan tan in crescendo que las más veces arman un Guirigay como el que no hace mucho atronaba nuestros oídos.
Luego, otro de los inconvenientes para que resulte completa armonía es que abundan demasiado los violones, pues son muchos, muchísimos los que tocan el violón, instrumento que si bien en un principio cuesta trabajo, la costumbre hace que al poco tiempo se maneje cómodamente.
Suele también suceder que los músicos en acción demuestran demasiada afición a las partituras que tienen muchos bemoles, y como la mayoría está por los tonos naturales, se arma a lo mejor una de gritos y de silbidos capaz de atronar a medio mundo.
Entonces llega el pueblo, y arma la gran fuga que admiraría al mismo Bach; y ha habido casos en que ha ejecutado la Pasión de una manera sorprendente.
En el concierto monstruo español, que actualmente tiene proporciones colosales, todos nos vamos a volver locos y el final va a ser tremendo, desgarrador... ¿Y sabéis por qué?: por falta de armonía. La armonía en el mundo es el todo, es la fuente del bien, es el bienestar supremo, es la virtud bajada del cielo. La naturaleza es sublime porque es armónica. Buscad la armonía para vuestros pensamientos y vuestras acciones y seréis felices. Que reine en España la armonía, y reinará el bienestar, y la quietud.
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Sueño
He soñado con un paseo amenísimo en el que fraternalmente (cosa ni aun en sueños vista) se mezclaban elegantes señoritas, modestas y a la par airosas muchachas del pueblo, hombres de todas clases y categorías, y oí los dulces acentos de las músicas que con esmero tocaban alegres melodías, como para celebrar tal cordial unión.
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El pueblo
Amo al pueblo por pertenecer a él, y porque estoy persuadido de que en él residen los gérmenes de todo lo grande, de todo lo heroico; pero es necesario preparar su espíritu ilustrándole; es necesario que todos colaboremos a conducir a la clase popular a la perfección, a hacerla formar con las demás clases una síntesis compacta y homogénea, cortando de raíz los antiguos rencores y llegando a constituir la unión de todos los hombres en una sola familia, sin más distinciones que las lógicas y naturales; porque es evidente y claro que cada individuo tiene un cargo que ejercer, una misión que cumplir, y sería absurdo creer que la igualdad puede ser absoluta; porque en tal caso no podría existir la armonía social, como en la música no existe la armonía sin la variedad de sonidos. La dificultad consiste en la combinación de esos sonidos, en la unión de esos elementos dispersos. He ahí la misión del artista; he ahí la misión del político ilustrado. Trabajemos sin descanso en favor de la razón y la justicia. Hora es ya que alejemos la indiferencia, y sacudiendo la apatía, nos consagremos con fe y sin miras egoístas a arraigar entre nosotros el ideal del progreso que precisamente ha de conducirnos al bienestar.
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España
El país está cansado de ver suceder en las regiones del poder tanta sofistería y doctrinarismo que con sus desaciertos y sus rutinas han casi agotado infructuosamente las fuerzas productoras, viendo por el contrario que de día en día vamos perdiendo más en importancia, en beneficios. El país necesita salir pronto de la triste situación en que lo han colocado tantos errores políticos y económicos. El país ansía reformas útiles; es preciso que se haga sentir la mano protectora de una administración ilustrada y liberal.
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Los espadones
Con la primavera pasó Narváez; con el estío reaparece ODonnell. Flores da la primavera; frutos da el estío. Lo que ha dado Narváez, todos lo saben, y también lo que no ha dado; lo que ODonnell dará, con el tiempo lo veremos, aunque la cosecha de frutos es este año dudosa.
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La idea
España ofrece un estado lamentable. Sumidos en el caos de pasiones políticas que todo lo invaden, afectos a hombres que suelen hacer un juego de la ciencia del gobierno, tememos el completo triunfo de uno de ellos sobre todos los demás.
Dirijamos una mirada a nuestro país tan sólo sea con objeto de llorar vergonzosamente sus desastres; lloremos tristemente nuestra decadencia, nuestro malestar, nuestra miseria, nuestra ignorancia, nuestra confusión, el insondable abismo en que nos agitamos.
Recorramos uno a uno todos los partidos, fracciones y grupos que han formado esos llamados hombres políticos que van apareciendo sucesivamente en la esfera del poder, verdadera linterna mágica. Recordemos su ayer presenciando su hoy, y sin mucho trabajo lograremos convencernos de que, lejos de agruparse alrededor de una noble idea, al regir los destinos de su patria únicamente siguen desbandados el estrecho sendero, las más veces tortuoso, que algunos hombres han marcado con sus pasos.
Pocos días más en esta situación y España puede hundirse en un río de sangre; pocos días más en esta situación y España puede verse esclavizada por el hombre que más fuerza arrastre en pos de su ambición.
Seguir a los hombres es vana empresa: pronto o tarde nos abandonan sin dejar rastro visible: ¿el abismo que los trague ha de tragarnos a nosotros?
Preciso nos es buscar otro guía más estable, más firme, menos expuesto a vacilaciones, a trastornos. Y ese guía lo tenemos en la Idea, que nace espontáneamente en nosotros cuando la educación, los estudios y la experiencia han completado su obra y el individuo se ve enteramente libre, con la facultad de pensar que Dios le concedió.
Y ese guía, luz purísima y brillante, resplandece sobre todo cuanto el mundo ha presenciado de grande, de bueno, de sublime.
Busquemos la idea, que allí donde la encontramos envuelta por gloriosa aureola, allí podremos comprender mejor su misión, la influencia que debe arrástranos hacia ella.
Hoy, lo mismo en artes que en literatura, lo mismo en política que en industria, lo mismo en ciencias que en filosofía, todo se condensa, todo se exprime, todo se sintetiza. Hoy la Idea es señora del mundo, y la Idea tiende a avasallarlo todo, a dominar sobre todo, lo cual, a nuestro pobre juicio, muy al contrario de lo que muchos creen, es un bien que ha de producir tan abundantes como provechosos resultados. ¡Siempre en lo grande la Idea y pocas veces el hombre! El hombre está sujeto a las pasiones, y débil arbolillo, suele humillar su copa al más ligero viento. La Idea fuerte, grande como la mente del que la concibe, no tan sólo resiste el embate de las furiosos olas, sino que robusteciéndose aún más, cobra el vigor necesario para despreciar la tormenta. (Notas de Ferrán)
Correa: El año 56 llegué también, a buscar lo mismo que Gustavo, a Madrid, con quien en los primeros pasos me encontré en el terreno de las letras. Yo he tenido la suerte de tener una familia rica en mi niñez y la desgracia de que se arruinara cuando más la necesitaba. Fui feliz en la cálida Cuba. Después me enviaron a Cádiz, al colegio de San Felipe Neri, con buenos regentes como Lista, Alcalá Galiano o Mora. A Sevilla pasé a estudiar Leyes, pero ante la desgracia familiar, decidí colgar los bártulos y abrirme paso en el periodismo.
Palacio: Te conocí el mismo día en que llegaste. Eras un joven de espíritu cultivado... cuya imaginación tropical, al ponerse en contacto con sus similares andaluzas, lejos de debilitarse tomó nuevos bríos hermanando la osadía con la pereza, la vivacidad en la concepción con el amor a la paradoja; los más sublimes entusiasmos con los más grandes enervamientos...
Correa: ¡Qué barbaridad, Manolito! Parece que me estés haciendo un post mortem.
Palacio: Lo que tenías tú de franco, alegre y comunicativo lo tenía Gustavo de taciturno, huraño y melancólico. Los dos erais idealistas, pero el uno miraba el mundo a través del vidrio transparente de la despreocupación y de la burla, y el otro con el cristal ahumado de la tristeza.
Ferrán:
...Estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro.
Nada más venirse de Sevilla, cuando le conocí, me asombró la seguridad en sí mismo, como artista, que tenía un chico sin recursos de dieciocho años que acababa de abandonar la seguridad familiar. Quiso conocer Toledo y allá fuimos. Ya tenía en el magín componer una obra que describiera el arte cristiano. Pronto comenzaron los problemas de numerario. Como mi buena madre acudía con presteza a solucionar los míos, decidí prohijarlo y hermanar nuestros recursos. Le ayudé cuanto pude.
Correa: Tuvimos que buscar el modo de sobrevivir, y empezamos a escribir en los periódicos: La Discusión, La Crónica, La Época, El Occidente, El Día, etc. A tanto por artículo. Gustavo ponía cara de perro a esto de ser jornalero de la pluma, y si algo escribía o traducía, era a disgusto y sin firmar nunca con su nombre, a no ser que fueran trabajos literarios. El primero de ellos, El caudillo de las manos rojas, se lo publiqué para ayudar a sufragar los gastos de su enfermedad, al poco de llegar a Madrid. Hicimos zarzuelas, comedietas y muchas más cosas. Compadecido un buen amigo, nos buscó un empleíllo, y juntos entramos a servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de escribientes fuera de plantilla. Duró poco Gustavo, a causa de su carácter soñador y distraído. Entre minuta y minuta que copiaba, o bien leía alguna escena de Shakespeare, o bien dibujaba con la pluma, y, en el momento en que el Director entró en su negociado, hallábase él entregado a sus lucubraciones. Como sus dibujos eran admirables, ya se habían hecho casos de atención para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras seguían con la vista aquella mano segura y firme, que sabía con cuatro rasgos de pluma hacer figuras tan bien acabadas. El Director se unió al grupo, y después de observar atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, preguntó a Gustavo, que seguía dibujando:
-Y ¿qué es eso? -Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos respondió:
-Psch... ¡Esta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este tío es un sepulturero... Más allá... En esto observó Gustavo que todo el mundo se había puesto de pie, y que el silencio era general. Volvió lentamente el rostro, y...
-¡Aquí hay uno que sobra! -exclamó el Director.
Gustavo fue declarado cesante aquel día; excuso decir que él se puso muy alegre, pues el destinito le repugnaba.
Habíase propuesto Gustavo no mezclarse en política y vivir sólo de sus artículos literarios, cosa imposible en España, por lo escaso de la retribución y lo raro de la demanda; así es que tuvo que alternar los escritos con otros trabajos, como pintarle a los marqueses de Remisa unos frescos en su palacio de Deva.
Ferrán: Gracias a mi santa madre yo casi nunca nunca tuve que humillar mi pluma. Ella corría con los gastos de este escritor... Y de sus amigos, no lo olvidéis.
Correa: El periodismo, para los escritores, es, principalmente, un medio de subsistencia. En nuestro país, a diferencia de otros, la literatura es un lujo, y el literato en una redacción periodística un derroche de la empresa, una condescendencia amable a favor del público ligero. Los encargados de agradarle éramos por lo común jóvenes imberbes de la bohemia literaria, mientras que lo serio en un periódico era el artículo político de la primera plana. Nosotros malvivíamos en la Gacetilla y en las Variedades, entre la Revista y el Folletín. Hasta existía en las redacciones nomenclatura particular para el que se dedicaba a novelas, críticas y obras de la imaginación. El eximio Valera era Juanito; el correcto Manuel del Palacio era Manolico; Alarcón, Perico; Yo, Correíta.
La popularidad que alcanzábamos luego nos perjudicaba si queríamos pasar a la región de la política, pero ¡dichosa edad y dichosos tiempos aquellos en que apartados de todo trato con el mundo oficial e importándonos un ardite los artículos de fondo, la hacienda, la contabilidad y las leyes orgánicas, Gustavo me leía sus versos escritos en tarjetas de visita que no tenían uso, Murguía sus preciosas novelas o don Pascual Gayangos nos ponía al tanto de lo que acabado de escribir creíamos original y encontrábamos impreso siglos antes; en que ni los críticos ni los fiscales nos hacían caso, parte por miedo de meterse con tales gentes, parte porque ni aún se cuidaban de leernos.
Y ahora lo recuerdo con nostalgia, ahora que calvo, manco y gordo, nada me queda ya de aquel Correíta; ahora que subsecretario, consejero y director pienso en aquel joven gacetillero de El Contemporáneo que publicaba cien versos diariamente...
Valera: Aunque es verdad que entre los redactores del periódico eran muy estimados los escritos de Bécquer, sirvieron de bien poco a nuestro poeta para darse a conocer y hacerse aplaudir del gran público, adquiriendo una fama que no consiguió hasta después de muerto.
Correa: Gracias al banquero Salamanca y al político conservador González Brabo se fundó, como voz del ala más liberal, El Contemporáneo en 1860, y al brindarme con una plaza en su redacción el director y mi amigo, José Luis Albareda, conseguí que también Gustavo entrase a formar parte de ella. Albareda, el más arrogante, salado y ceceoso de los señoritos andaluces que por entonces se abrían camino en la política, convirtió el periódico en un órgano moderado entonces llamado de guante blanco, con redactores atildados y conspicuos, chapados a la inglesa, que era la dernière en punto a política y arte parlamentario. Es, sin duda, el más aristócrata de los periodistas y el más elegante de los políticos. Las campañas que él inspira llevan siempre el sello de la distinción exquisita. En contacto constante con la gente linajuda, se mantiene no obstante fiel a los ideales de soberanía de la nación. Es un conservador-liberal, a la inglesa, predicador del self government. Esta fórmula, y los motes de los dos partidos, fundamento y piezas principales de la máquina política, los tories y los wighs, no se apartaban de su boca andaluza. Y viviendo entre millonarios será siempre pobre. Su pereza es también muy activa: escritor, mujeriego, deportista, tiene tiempo para todo, hasta para demostrar con hechos que el talento fecundiza la misma frivolidad, y de ello sacan frutos preciosos la razón y el ingenio. Es un amable filósofo que se adelanta a su época. Es listo, bien relacionado, y sabe mirar por los que le sirven, y abrirles camino para las buenas posiciones políticas. Era y es el periodista ideal. Nos quería a los redactores y le correspondíamos. Cuando nos llamaba para sugerirnos alguna idea, con igual confianza nos recibía en su alcoba, recién dormido, que en la próxima pieza, donde le veíamos bañarse en pelota, tomar ducha por regadera y hacer luego su toilette de persona pulcra y elegante, todo esto hablando de lo humano y lo divino con singular donaire ceceoso, apuntando la idea política o el juicio picante de cosas y personas. Salamanca, González Brabo, Albareda sedujeron a Gustavo más que por sus ideas, por su forma elegante de vivir, por su gusto exquisito, aspectos que impresionaron al joven poeta. Yo le llevé a este mundo, y le hice gacetillero de El Contemporáneo, y tú te apresuraste a casarlo nada más cobró el primer sueldo.
Ferrán: Después tuve que marcharme a Alcoy, acuciado por las deudas y hasta que se resolviera la cuestión de mi herencia. Allí dirigí su Diario, fundado por el impresor de la ciudad Don José Martí, con orientación progresista. Mientras, Salamanca te financió Las Noticias, que tú dirigiste, y Gustavo abandonó El Contemporáneo, que había combatido a O'Donnell duramente porque Albareda, Valera, Fabié y casi toda la redacción os pasasteis al bando liberal, olisqueando la situación difícil en que se estaban metiendo los moderados y la corona. González Brabo montó en cólera.
Correa: Le sugerí a Gustavo que abandonara la nave conservadora, que iba ya sin timón, pero no quiso hacerme caso. González Bravo, sevillano también, le estimaba y protegía, le recibía muy frecuentemente en su casa, y le envidiaba secretamente por haberse dedicado a la literatura en vez de a la política. Celebraba una tertulia en su hogar a la que acudíamos Gustavo, Valera y yo mismo entre otros escritores. Le había conseguido, muy a gusto de Casta, un cargo burocrático de censor de novelas, con 24.000 reales de sueldo. Y la fidelidad a González Brabo y al cargo le hizo seguir más al jefe que a las ideas, aún repugnándole el camino que tomaba el núcleo duro de los moderados, cada vez más enemigo de la libertad. A partir de entonces Gustavo vive neuróticamente la combinación de artista y burgués con levita y sombrero de copa alto, que pasea por el Retiro con su mujercita del brazo mientras los chiquillos enredan y son reprendidos por las criadas. Su mirada, fría, busca un sueño ya lejano.
Laiglesia: Los círculos literarios, los periodistas y la bohemia inteligente de aquellos días conocía y elogiaba al redactor de El Contemporáneo, al amigo de Correa, al ameno compañero de las tertulias del Café Suizo, pero ignoraban sus trabajos y apreciaban mal la intensidad de su inteligencia privilegiada; sólo González Brabo conoció desde luego su ingenio, le hizo censor de novelas para que atendiese a las necesidades de su familia sin las fatigas de las traducciones que hacía para la casa de Gaspar y Roig, le llevó a la intimidad de su familia, acomodada y culta, y le pidió para publicarlas, con un prólogo suyo, la colección de sus rimas; Bécquer las reunió en un cuaderno, que se perdió en la visita tumultuaria que hicieron las turbas al domicilio del Ministro caído en la revolución del 68: pesquisas posteriores no lograron hallar unas cuartillas que se buscaron con interés al publicar las Obras. Sin la revolución, Bécquer hubiera tenido en el partido moderado la significación y la importancia que le hubiese dado su talento de escritor.
Ferrán: A Gustavo, más que las ideas, para las que era muy tolerante, le dolía la traición, cosa de la que era incapaz. Y en política, en la charca de la demagogia en que vivimos, la seguridad personal de los políticos impone frecuentemente el chaqueteo. Eso ocurre en países pobres como el nuestro, en donde la política, más que arte de buscar belleza y armonía para los pueblos, es un medio de chusca subsistencia y promoción. De ser un país con más recursos y, en consecuencia, con más vergüenza, este noble ejercicio sería una actividad más limpia.
Decía Nombela que Bécquer estaba con los conservadores porque eran los únicos que sentían respeto por el arte, sobre todo por el de los tiempos pasados y gloriosos del cristianismo, que él admiraba: el de las iglesias y las catedrales. De las masas democráticas, -siempre respetó y quiso al pueblo-, de sus políticos, le asustaba su irreverencia hacia lo ya hecho. Nos escribió desde Veruela: "Yo tengo fe en el porvenir. Me complazco en asistir mentalmente a esa inmensa e irresistible invasión de las nuevas ideas que van transformando poco a poco la faz de la Humanidad... No obstante, sea cuestión de poesía, sea que es inherente a la naturaleza frágil del hombre simpatizar con lo que perece y volver los ojos con cierta triste complacencia hasta lo que ya no existe, ello es que en el fondo de mi alma consagro como una especie de culto, una veneración profunda por todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España, tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta de sol en un día espléndido... No es esto decir que yo desee para mí ni para nadie la vuelta de aquellos tiempos. Lo que ha sido no tiene razón de ser nuevamente, y no será. Lo único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra colosal quedará acaso olvidada por nuestra gratitud e incuria..." No fue entendido. Tal vez en el futuro gobernantes más sensibles decidan rescatar y restaurar el arte y los monumentos antiguos, sin que ello se confunda con ser reaccionario.
Palacio: Sí, pero en nuestro tiempo, ese era el programa de González Brabo, y este ministro se caracterizaba, al socaire de las ideas de respeto del pasado, por aporrear y paralizar la libertad y el progreso. De todas formas, Gustavo no era un político, aunque se vio salpicado al pretender vivir de la política. Sus amigos sabíamos que su cargo de censor literario estaba encaminado al cobro de la nómina más que a la represión de la libertad. Por eso lo defendimos de los ultras desde Gil Blas, donde éramos demócratas radicales, cuando lo acusaron de tibieza censoril.
Correa: Anda, que buen demócrata nos ha salido tú. Curaste ese vicio, a lo que se ve, con la edad. Todos vegetamos bien a costa del presupuesto. Gustavo, cansado, se dejó llevar. Le costó aceptar el periodismo primero, donde hacía de todo, y después el cargo político. Había que rogarle que tomara estas dádivas. Así era casi imposible hacerse una posición. A regañadientes, y en contra de sus ideas, pero por su familia, aceptó todo esto. Conozco pocos casos en que la vocación se imponga al puro deseo de medrar, y uno de estos era Gustavo. Los demás buscábamos la colaboración ventajosa o un buen turrón, como decía siempre Valera.
Blasco: Bécquer pretendía de conservador porque el lujo, la fastuosidad de que hacen alarde estos partidos se acomodaba mejor con su temperamento de artista. Hay pocos hombres que sepan sentir la democracia vestidos de limpio, y Bécquer era uno de ellos.
Ferrán: El amor no sólo era teoría en Gustavo. Lo practicaba sobre todo con los amigos, y éstos no dudaban en responderle cuando hacía falta.
Correa: Era un ángel. Hay dos escritores a quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El uno era Bécquer, el otro es Miguel de los Santos Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él lo defendía con poderosos argumentos; si la crítica era justa, un aluvión de lenitivos, un apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce cubría con un manto de espontánea caridad al destrozado ausente. Alguna vez escribió críticas... a cada línea protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad y del arte y la mansedumbre de su buen corazón.
Palacio: Nos gustaba escribir, y por eso nos acercamos a las redacciones. A poco que destacara un periodista, el gobierno le premiaba con un empleo burocrático en cualquier ministerio, al que no se iba nunca a trabajar, pero sí puntualmente a cobrar el sueldo el primero de cada mes. Era una forma de proteger a los escritores, aunque a cambio se les exigía fidelidad. Y los que sobresalían mucho pasaban directamente a la política y los altos empleos. El "olfato" era necesario para sobrevivir. Y los cambios de "patrón" eran obligados cuando la situación así lo exigía.
Correa: Yo creo haber militado en todo el arco ideológico español, a excepción de los extremos. Llegamos a amar el periodismo, esas redacciones de una sola estancia, con tres o cuatro puertas, una de las cuales comunicaba con el despacho del Director, con una gran mesa en la sala, la "mesa de batalla", y grandes lámparas de vidrio blanco colgando del techo, con quinqués de petróleo o mecheros de gas. En las paredes un papel floreado, muy a menudo deslustrado y roto, y un listón corrido con ganchos de hierro en que se clavaban los periódicos de Madrid, provincias y extranjero. En un armario algunos libros -diccionarios, geografías e historias, etc.-, la bandeja con la cafetera, el coñac y el ron. La calefacción a cargo del gran "chubesqui", con su largo tubo negro que iba a salir por la ventana más próxima, y que no era suficiente para combatir el frío madrileño.
En los diarios matutinos se trabajaba de noche, cerrando el número a las cuatro y media, con margen hasta las cinco para la "Última hora". Recuerdo lo singular de los caballos de La Iberia, cuyos jinetes llegaban al periódico, atravesando Madrid, con las noticias que les entregaban los periodistas.
La redacción era una verdadera tertulia de amigos, política y literaria, y los últimos redactores que solían aparecer, ya de madrugada, eran el crítico de teatros y el revistero de salones, que confeccionaba las Variedades, como Gustavo hacía en El Contemporáneo. En un buen periódico se podía malvivir con los pocos miles de reales anuales que pagaban, a menos que fuera una gran empresa como El Imparcial de Gasset, y en el que al fin consiguió el pobre Luis asegurar su vida, que pronto iba a perder, con 800 reales mensuales, lo que no estaba nada mal.
Ferrán: Gustavo, pese a todo, se encariñó con el periodismo, y gracias a El Contemporáneo publicó muchos textos que hoy disfrutamos. Este periódico llegó a ser, con un buen plantel de literatos, uno de los mejor escritos de su tiempo. Él mismo, desde Veruela, recuerda esos ajetreados días: "Como desde que vino al mundo he vivido con su vida febril y apasionada, El Contemporáneo no es para mí un papel como otro cualquiera, sino que sus columnas son ustedes todos, mis amigos, mis compañeros de esperanzas o desengaños, de reveses o de triunfos, de satisfacciones, de amarguras... Hasta el olor particular del papel húmedo y la tinta de imprenta, olor especialísimo que por un momento viene a sustituir el perfume de las flores... me trae un pedazo de mi antigua existencia, de aquella inquietud, de aquella actividad, de aquella fiebre fecunda del periodismo. Recuerdo el incesante golpear y crujir de la máquina que multiplicaba por miles las palabras que acabábamos de escribir y que salían aún palpitando de la pluma; recuerdo el afán de las últimas horas de la redacción, cuando la noche va de vencida y el original escasea; recuerdo, en fin, las veces que nos ha sorprendido el día corrigiendo un artículo o escribiendo una noticia última... En Madrid, y para nosotros en particular, ni amanece ni se pone el sol; se apaga o se enciende la luz..."
Correa: Claro que el periódico exige rapidez e improvisación, lo que acostumbra al texto breve y ligero. De Gustavo, por ello, puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma, sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de redacciones de periódicos o bajo el influjo de premiosos instantes... Todo lo escribía rápido y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían malas. Demasiada prisa, poco sosiego..., los que le conocíamos admirábamos a Gustavo más por lo que esperábamos de él, que por lo que había hecho. Recuerdo algún lamento suyo, deslizado en las páginas del periódico: "Guarde el poeta el tesoro de su inspiración cuidadosamente, no desgarre en girones la blanca vestidura de su musa, enredándola entre los zarzales de las gacetillas, o entre los laberintos de la política, donde tantos y tantos hemos consumido años preciosos, estragando nuestro gusto o llenándonos de remordimientos literarios, entremezclados de vez en cuando, para mayor perdición nuestra, con elogios políticos...". Aun así Gustavo fue publicando en El Contemporáneo y en La América sus Leyendas más literarias,y para redondear los ingresos tuvimos que seguir, esta vez juntos con el seudónimo de Adolfo Rodríguez, con las zarzuelas.
Laiglesia: Es cierto el carácter espontáneo de sus escritos, pero también su rara y sorprendente perfección. Respecto a Las hojas secas, uno de sus últimos escritos, el gerente de la casa Gaspar y Roig, que asistía a la tertulia del Suizo y que le conocía mucho, le dijo:
-Gustavo, ¿tendría usted algo para el Almanaque de El Museo Universal que voy a publicar? Pero poca cosa, una cuartilla, porque sólo puedo dar por ella sesenta reales.
-Aceptado -dijo Bécquer-, porque acaban de presentarme una cuenta de esa suma.
Al día siguiente, después de almorzar, cogió varios pliegos de papel con mi cifra y "para pagar su deuda", según me dijo, escribió Las hojas secas, sin una corrección, sin una enmienda; al leérmelas y oír mis elogios me añadió:
-No tiene nada de extraño la rapidez y la forma de la redacción, porque pensé anoche el artículo tal como está y la mano no ha hecho más que trazar lo que ya estaba en mi imaginación escrito.
Ferrán: Sólo con La Ilustración de Madrid, financiada por Gasset, los hermanos Bécquer pudieron sustraerse de las servidumbres del periodismo político. Esta vez se trataba de un proyecto puramente artístico. ¡Qué poco que les duró!
Laiglesia: Dejadme que cuente la historia de este episodio, pues yo también vivía en las Ventas del Espíritu Santo y, frecuentemente, en casa de los Bécquer Gustavo nos participaba de sus detalles. En uno de los viajes que hacía Gustavo desde Toledo, donde se refugió con su hermano después de la revolución, habló con Gasset, fundador de El Imparcial, de la patriótica propaganda que se podía hacer en España de nuestras riquezas artísticas con la publicación de un diario ilustrado con esmero; Isidoro Fernández Flórez apoyó la idea, la inteligente iniciativa de Gasset la aceptó desde luego y La Ilustración de Madrid fue la base de una posición decorosa para los dos hermanos. Gustavo dirigía el periódico, Valeriano dibujaba los grabados y la retribución de ellos y las tres mil pesetas asignadas a la redacción aseguraron la vida de los artistas... hasta que la Parca les visitó en el fatídico año 70.
Ferrán: Fueron tiempos difíciles los que le tocaron vivir a Gustavo, pero también llenos de ilusión: ¿o es que tal vez éramos jóvenes? Ahora, en cambio, con Alfonsito, el aburrimiento es total. Eso sí, no hay sobresaltos: ésta es una época de tresillo para señores de mediana edad. Casi prefiero a su madre...
Galdós: La verdad es que era todo un personaje. Hablaba Doña Isabel un lenguaje claro y castizo, usando con frecuencia los modismos más fluidos y corrientes del castellano viejo, sin asomos de acento extranjero, y sin que ninguna concepto exótico asomase por entre el tejido espeso de españolas ideas.
Eran sus ademanes nobles, sin la estirada distinción de la aristocracia modernizada, poco española, de rigidez inglesa, importadora de nuevas maneras y de nuevos estilos elegantes de no hacer nada y de menospreciar todas las cosas de la tierra.
La amabilidad de Isabel II tenía mucho de doméstica. La nación era para ella una familia, propiamente la familia grande, que por su propia ilimitación permite que se le den y se le tomen todas las confianzas. En el trato con los españoles no acentuaba sino muy discretamente la diferencia de categorías, como si obligada se creyese a extender la majestad suya y dar con ella cierto agasajo a todos los de la casa nacional.
En la edad de las muñecas se vio en trances duros del juego político y constitucional, entre partidos fieros, implacables, y pasiones desbordadas. Narváez, ODonnell, Espartero, Olózaga, etc.
No tuvo en la cabeza nunca la idea del Estado. La criaron en la persuasión de que podía hacer cuanto se le antojara, y quitar y poner gobernantes como si cambiase de ropa. En vez de respetar las leyes se dejó llevar por las milagrerías y enredos con que la alucinaban los traficantes en piedad como Sor Patrocinio. Por aquí vino la gran justicia del 68, inevitable sentencia popular.
Presa de su juventud e inexperiencia, no tuvo buenos consejeros. El primer desastre fue su boda con Francisco de Asís; después, el mantener alejados del poder a los Progresistas, que la designaron como el obstáculo tradicional al progreso y a la libertad, hasta llegar, con Prim, a destronarla. Porque invitados éstos al juego constitucional, como ahora ha hecho Cánovas en la Restauración, habrían dado a la patria grandes hombres y brillo histórico.
Fue generosa, olvidó las injurias, hizo todo el bien que pudo en la concesión de mercedes y beneficios materiales, en su afán de distribuir todas las riquezas de las que podía disponer y de acudir adondequiera que una necesidad grande o pequeña la llamaba.
Blasco: Precisamente esos rasgos de generosidad fueron la gota que colmó el vaso de los despropósitos y la despeñaron hacia el fin de su reinado. Contó con hombres como Narváez o González Brabo, obsesionados por mantener un orden conservador a cualquier precio. Castelar se rebeló contra el intento de vender el patrimonio real para ayudar a la Hacienda a solucionar sus problemas, a cambio de un modesto 25% para la reina. Escribió el artículo El rasgo, que le costó a él la cátedra y a las madres españolas, la noche de San Daniel, diez muertos y cientos de heridos.
Galdós: Había hombres expeditivos en ambos bandos, como Espartero, que la emprendió a bombazos contra Barcelona. El mismo González Brabo, ejemplo de inconsecuencia: terrorista en su juventud con el nombre de Ibrahim Clarete, desvergonzado libelista de El Guirigay, y trompetero de motines, joven lleno de gracias y de ambición, de simpatía y de cinismo, que desde el año 40 iba acechando la coyuntura para un rápido encumbramiento Cantó a la Milicia Nacional, a Espartero y, finalmente, se hizo ministro moderado y violento con Narváez.
ODonnell era un chicarrón de alta estatura y de cabellos de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar sereno y dulce; fisonomía impasible, estatuaria, a prueba de emociones; para todos los casos, alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue, delicada, como de finísima burla a estilo anglosajón. Audaz, de talento, simpático y bravo.
Prim era un espíritu inquieto que se sublevó cien veces y murió asesinado por hacerse monárquico. Progresista un poco dictador que destronó a Isabel II y trajo al breve Amadeo I.
Y Serrano, el amante de Isabelita. Tenía lo que en Andalucía llaman ángel. Más que a su guapeza, por la que obtuvo de la real boca el apodo de General bonito, debía los éxitos a su afabilidad, compatible, en su caso, con el valor militar temerario, en ocasiones heroico.
Blasco: Tras la monarquía absoluta fernandina, nos encontramos con una democracia de espadones y pronunciamientos, como los múltiples de Prim. El pueblo se acostumbró, para proclamar sus ansias de cambio, al grito A mí, Prim, que tenía que degenerar en A mí, plim.
Ferrán: De revolución a revolución, andaba el juego entre bravucones que manejaban al pueblo a su antojo. Menos mal que nuestra reina era castiza...
Correa: Para Gustavo, que sólo hallaba la atmósfera de su alma en medio del arte, no existía la política de menudeo, tan a gusto de los modernos españoles. Indolente para las pequeñas cosas, y siendo los partidos de su país una de estas cosas, figuró en aquel donde tenía más amigos y en que más le hablaban de cuadros, de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de escritor al servicio de la ira, que, a haberlo hecho, más positivas hubieran sido sus ventajas y más doradas las cintas de su ataúd. No estando destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carácter noble para la adulación o la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la acometividad y energía, Gustavo no podía hacer gran papel entre las revueltas, distingos, escándalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarísimos ejemplos, forman la mayoría de los afortunados en política, con relación a los bienes materiales; y, hecho fiscal de novelas, desempeñó su destino lo mejor que pudo, haciendo dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, su protector González Bravo, artista como pocos, y apreciador sincero y leal del mérito de Gustavo.
Valera: Manifestó Bécquer constante aversión a la política, y jamás quiso intervenir en ella, como hicieron muchos otros poetas de entonces, con lastimoso menoscabo de la poesía.
Ferrán: Las consecuencias de vivir en un país donde el arte, a diferencia de Francia, no consigue darte de comer, las experimentó Gustavo con crueldad. Él, a diferencia de muchos otros, siempre se negó a prostituirse como escritor: "Aunque yo tengo para mí que la poesía lírica española sería una de las primeras del mundo si con ella se comiese o a sus autores se premiase de algún modo... La política y los empleos, últimos refugios de las musas en nuestra nación, no entraban en mis cálculos".
Correa: El desenlace su historia es bien sencillo. Desde el 54, en que viene a Madrid, hasta el 60, intenta sobresalir en las letras a costa de su salud. No lo consigue. Y a partir del 60, claudica: ingresa en el periodismo, se casa, aumentan sus necesidades como padre de familia, acepta un empleo político y se va desentendiendo de la vida cotidiana.
Ferrán: Pero su vinculación a González Bravo y los moderados tiene un alto costo personal. Gustavo ya casi no escribe nada por aquellos años.
Correa: En 1864 su protector le hará fiscal de novelas con un buen sueldo. En 1865 debe, por seguir a su mentor, casi abjurar de sus ideas liberales y separarse de nosotros. Albareda, Fabié, Valera, yo mismo estábamos por la libertad y a favor, por tanto, de legalizar al Partido Demócrata de Rivero y Castelar. Gustavo hubo de abandonar El Contemporáneo y situarse dentro de la facción más conservadora de los moderados.
Ferrán: Había de mantener su vida de burgués con dos criadas, lo que encantaba a su casta esposa. Tenía un niño y otro en camino. ¡Qué desastre! Si, al menos, hubiera sabido como tú nadar en el proceloso mar de la política. Pero no se movía bien es este mundo.
Correa: Su hermano Valeriano estaba favorecido con una pensión para que pintase. Debía demasiados favores a González Brabo.
Ferrán: Es entonces cuando tiene unos meses de activista político. Yo estoy en Alcoy y en la cárcel de Alicante, donde pagué durante seis meses la aventura de dirigir un periódico avanzado.
Correa: Publicó su lamentable artículo El Partido de los angélicos en Los Tiempos, en donde nos recordaba el valor de la fidelidad y de la amistad y en el que dudaba de que nuestro movimiento hacia el liberalismo se debiera a razones puramente "angélicas", ideológicas. Se le contestó con el artículo El partido terrenal, demostrando que quienes cambiaban eran los jefes, y que nosotros permanecíamos fieles a las mismas ideas que habíamos defendido siempre: "A esta luz deben mirarse las relaciones políticas cuando se entra en un partido a servir los principios y no a seguir a las personas... Nos hemos limitado a lo absolutamente necesario para definir nuestra actitud y defenderla; ni más ni menos".
Ferrán: A mí me parece, y me duele decirlo, que todos defendíais, sin confesarlo, lo mismo: Gustavo, la fidelidad a su protector por razones obvias; vosotros, más listos, pretendíais formar parte de la nueva situación que veíais apuntar en el horizonte, y de hecho sacasteis tajada ya con O'Donnell: Valera fue de embajador a Alemania, y Albareda en Holanda. Tú mismo, fuiste diputado.
Correa: Después Gustavo participó en el penoso espectáculo de Doña Manuela, periódico satírico que con el nombre de la mujer de O'Donnell atacaba a su partido, la Unión Liberal.
Ferrán: Se desató su furia contra los liberales del general. Nunca lo había visto así.
Palacio: Ambos hermanos colaboraron con textos y caricaturas contra el gobierno en nuestro Gil Blas con el seudónimo de SEM, que también utilizaba el dibujante Ortego.
Correa: Yo le advertí repetidas veces del peligro que corría manifestándose tan cercano a González Brabo; le pedí que se mantuviera al margen por lo que pudiera pasar; pero él, hasta el final de la monarquía, fue fiel públicamente a la situación moderada. Sólo Gustavo volvió a ser nuestro Gustavo tras la caída de Isabel II.
Ferrán: A todos os fue bien menos a él. Tú fuiste cronista oficial de la batalla de Alcolea, que decidió la ruina de la corona, y después, tras la estela de Albareda, siempre has vivido del presupuesto. Yo, al menos, sufrí cárcel por la libertad.