Los mundos que me rodean
son los que menos me extrañan;
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.
*
Pasé por un bosque y dije:
«Aquí está la soledad...»,
y el eco me respondió
con voz muy ronca: «aquí está».

Y me respondió «aquí está»
y sentí como un temblor,
al ver que la voz salía
de mi propio corazón.

*
Yo no sé lo que tengo,
ni sé lo que me hace falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.
*
Mirando al cielo juraste
no me engañarías nunca,
y desde entonces el cielo
sólo con verte se nubla.
*
Tu aliento es mi única vida,
y son tus ojos mi luz;
mi alma está donde tu pecho,
mi patria donde estás tú.
*
En sueños te contemplaba
dentro de la oscuridad,
y cuando abriste los ojos
todo comenzó a brillar.

Todo comenzó a brillar,
y entonces te llamé yo:
cerraste al punto los ojos,
y la oscuridad volvió.

*
Cuando el frío de la muerte
a helar comience mi sangre,
te llamaré en voz muy alta
para que vengas a hablarme.

Y cuando estés a mi lado
me dirás lo que ya sabes...,
y así se concluirán
de una vez todos mis males.

*
Me desperté a media noche,
abrí los ojos, y al ver
que tú estabas a mi lado,
volví a dormirme y soñé.
*
Las pestañas de tus ojos
son más negras que la mora,
y entre pestaña y pestaña
una estrellita se asoma.
*
A la luz de las estrellas
yo te vi, cara de cielo;
por eso cuando te miro,
de las estrellas me acuerdo.
*
Allá arriba el sol brillante,
las estrellas allá arriba;
aquí abajo los reflejos
de lo que tan lejos brilla.

Allá lo que nunca acaba,
aquí lo que al fin termina;
¡y el hombre atado aquí abajo
mirando siempre hacia arriba!

*
Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen, al ver que se aleja:
¡quién sabe si volverá!

Y los que van en la nave
dicen, mirando hacia atrás:
¡Quién sabe, cuando volvamos,
si se habrán marchado ya!

*
Los besos y los suspiros,
las lágrimas y las quejas,
¿quién sabe de dónde vienen
y donde el viento las lleva?
*
Desde la mañana
hasta la alta noche
¡siempre luchando el cuerpo ya viejo
con el alma aún joven!
*
¡Qué a gusto sería
sombre de tu cuerpo!,
todas las horas de día, de cerca
te iría siguiendo.

Y mientras la noche
reinara en silencio,
toda la noche tu sombra estaría
pegada a tu cuerpo.

Y cuando la muerte
llegara a vencerlo,
sólo una sombra por siempre serían
tu sombra y tu cuerpo.

*
Los cantares que yo escribo
bien sabes tú, compañera,
que antes los hago contigo.
*
Eres de tierra y no más;
pero mujer de una tierra
donde es inútil sembrar.
*
Las golondrinas ya vuelven,
y se irán y volverán...
¡Y tú la misma de siempre!
*
Cerca de la muerte, quiero
figurarme que vendrás
sobre mi tumba olvidada
un día y otro a llorar.

Harto sé, pues te conozco,
que no has de venir jamás...;
pero al morirme, yo quiero
figurarme que vendrás.

*
La flor que me diste en tiempo
de amorosa intimidad,
la arrojo al mar, y se pierde
entre las olas del mar.

Y este rizo que tu mano
cortó con amante afán,
lo arrojo al fuego, y el fuego
cenizas lo vuelve ya.

Y tus continuas promesas
de eterna fidelidad,
las doy al viento que pasa
y se las lleva fugaz.

Pero el recuerdo angustioso,
¡ay!, de tu engaño, por más
que se lo entrego a la tierra,
ella otra vez me lo da...

Viento y fuego y mar se duelen
compasivos de mi mal,
y solamente la tierra
de mí no tiene piedad.

*
Mientras dura este vivir,
¿por qué tener más deseos
que los que se han de cumplir?

Pienso en esto sin cesar
al ver que siempre deseo
lo que nunca he de alcanzar.

*
Quiero seguir los consejos
que me dais, gentes honradas,
y a este corazón rebelde
cortarle a tiempo las alas.

Vuestro soy hasta que muera...
pero, como última gracia,
dejadme otra vez querer,
otra vez no más, y basta.

*
No te enorgullezcas tanto,
dice la hoja a la flor,
que de la misma semilla
hemos nacido las dos.
*
De caminar ya rendido
me senté, al caer la tarde,
a la orilla del camino.

Era un camino penoso,
tanto, que yo no podía
seguir caminando solo.

Allí, triste y en silencio,
vi llegar la oscura noche
que despierta los recuerdos.

Larga noche, en que mi alma,
mientras el cuerpo dormía,
con sus recuerdos velaba...

Pasó la noche, y pasaron
otros días y otras noches,
porque el camino era largo.

Y caminé hasta que un día
durmióse el cuerpo..., ¡y aún duerme
mientras el alma vigila!

(Obras Completas, 1893. Texto: José P. Díaz)