Bécquer, dibujante

     Gustavo Adolfo Bécquer se educó artísticamente en el seno de una familia de pintores costumbristas sevillanos. Su padre, José Domínguez Bécquer y, una vez fallecido éste, su tío Joaquín Domínguez Becquer le transmitieron, como a su hermano Valeriano, el of icio y una gran pasión por las artes.

     Los álbumes de dibujos y acuarelas de don José evidencian que la infancia del poeta transcurrió entre lienzos y pinceles. Hasta tal punto la pintura constituía el centro familiar de la vida de los Bécquer que en ocasiones el padre se representa a sí mismo pintando o suele retratar a sus hijos dibujando.

     Buena parte de los criticos becquerianos, sin embargo, valoran escasamente esta faceta del artista que habría abandonado la pintura y el dibujo al optar por la literatura. Pero abundan cada vez mas las pruebas en sentido contrario. De entrada, en el corazón de los textos becquerianos la pintura comparece insistente como un medio de expresion de lo inefable, en ocasiones superior incluso a la palabra, según sus propias declaraciones. Es habitual que en manuscritos suyos convivan palabras e imágenes de manera natural, y no faltan tampoco testimonios de sus contemporaneos alabando las excelencias del poeta como dibujante.

      Hasta ahora, sin embargo, solo un reducido numero de sus dibujos son conocidos y no se ha profundizado lo suficiente en el estudio de la colaboración plástica con su hermano Valeriano.

     Así las cosas, la recuperación de los álbumes de Julia Espín -desde 1906 no se conocían sino indirectamente y nunca se ha reproducido parte alguna de ellos- ofrece finalmente una muestra amplia de sus habilidades como dibujante. La seguridad de su trazo y composición y la variedad de registros temáticos denotan a un dibujante experimentado que nos sorprende continuamente tanto por su pericia técnica como por los genuinos mundos que idea.

     Si es cierto -y en ello existe acuerdo general-que los años en que estos dibujos fueron realizados coinciden con los de mayor efervescencia creativa del artista y que les otorgaba una capacidad para objetivar sus vivencias interiores similar al menos a la palabra, no es exagerado afirmar que cada uno de los dibujos es como una ventana a traves de la cual contemplamos su complejo mundo interior. Veamos algunos ejemplos.
 

 
 

 

    Bécquer plasma en ellos sus ensoñaciones predilectas y también sus zozobras mas inquietantes, que solo conjura mediante la risa, como sucede en la serie titulada Les morts pour rire. Bizarreries. La portada de esta excepcional serie es todo un programa de la visión que tenía Bécquer de la existencia y de la creacion artística. En su parte izquierda, sentado, dibuja el artista. A sus espaldas, su musa y la muerte contemplan el deslizarse de la mano sobre el papel. Por si no fueran suficientes muestras de la tensión entre vida y muerte en que se gesta la obra del artista, otros elementos de la composicion subrayan esta contraposición: a la izquierda, el fondo representa un jardín, a la derecha un cementerio.

     Las bizarreries que siguen son una colección de escenas grotescas protagonizadas por esqueletos; las situaciones son tan sorprendentes que nos hacen reír: una pareja de esqueletos jugando al tenis con un cráneo; cortejos amorosos de esqueletos; merienda de la viuda con su finado ya esqueleto, sentados ambos en la lápida de la tumba... Escenas para morirse de risa, escenas para reírse de la muerte. Veamos la serie completa.

    Los dibujos de estos álbumes ofrecen un correlato gráfico de los mundos imaginados en las Rimas y en las Leyendas. Desde ahora podemos no sólo leer sino ver los misteriosos mundos ensoñados por el artista sevillano. Porque Gustavo Adolfo, a diferencia de su padre o de su hermano Valeriano, construye una obra plástica donde, ante todo y sobre todo, proyecta sus mundos interiores y donde toman cuerpo las sensaciones nacidas de su contacto con el mundo del arte. Los dibujos de tema teatral son sintomaáticos. Tanto da que se trate de apuntes de las obras representadas como del propio ambiente teatral. De "El escalpelo del diablo" selecciona la escena en que un demonio arranca el corazón a una mujer durmiente mientras la contempla fascinado su enamorado. ¡Cuántos textos becquerianos podrían aducirse sobre la mujer sin corazon!

     O desarrolla toda una serie de dibujos en torno a una de sus operas preferidas: Lucia de Lammermoor y sus amores imposibles que conducen a la locura y a la muerte como les ocurre a los protagonistas de sus leyendas.

     Pero no menos fascinante es la captacion del ambiente teatral. Valga como ejemplo su dibujo que representa el Teatro Real de Madrid visto desde dentro del escenario durante una función, ofreciendo un punto de vista insólito para la época.

     Sus lecturas y el mundo de la música -El trovador, Dr. Fausto- son el tema de otras composiciones. Prolongando cierta tradición familiar comparecen en sus dibujos frailes obesos y hasta atrevidas escenas protagonizadas por diablos para representar los peligros de la Corte. Junto a lo sublime, lo grotesco.

     Y, finalmente, ¡cómo no!, Julia Espín vista o soñada de diferentes maneras, que van desde el apunte costumbrista -Julia paseando con su hermana Josefina y otros familiares- a idealizaciones que la dotan de rasgos inquietantes: en un palco del Teatro Real, realzado su busto tiene no poco de esfinge; navegando en una barca de vela, parece ignorar a un hombrecillo que se debate entre las olas; otras veces, el papel se llena de pequeños trazos que quieren captar la singular nariz aguileña y los ojos rasgados de la musa becqueriana que se resiste -ahora mas que nunca- a desvelar el misterio de su relación con el poeta.

     Algunos autógrafos del poeta conviven con esta miscelanea colección de imágenes. El de la rima XVI, que es una serenata amorosa tan apasionada como contenida. La breve pero intensa rima XX cifrada que coloca al final de la colección en versión que difiere en sus versos tercero y cuarto de la contenida en El libro de los gorriones: "sabe si alguna vez tus labios rojos/ quema invisible atmosfera abrasada/ que si del alma labios son los ojos/ es un beso de amor cada mirada".

     Pero como un aviso, precediendo la colección, Julia ha escrito con lapiz de afilada punta un texto en italiano en que advierte la infelicidad que aguarda al enamorado que confía en la sonrisa del amor. ¿Cuándo lo escribió y por qué? ¿Tuvo Gustavo Adolfo ocasión de leerlo? ¿Adivino su alcance? Acaso alguna vez lleguemos a saberlo. Entretanto, lo que durante muchos años fue uno mas de los capítulos oscuros de la creación becqueriana comienza a revelarse.

     Esta colección de imágenes y palabras en feliz coyunda constituye así, sin duda, una de sus genuinas creaciones, que fiel a la estrategia becqueriana revela tanto como oculta. (Jesús Rubio)

 

 

 
 
 


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